Era noche cerrada en el Caribe. La playa estaba iluminada solo por los farolillos de un par de bares, y por la luna. De fondo se escuchaban las notas de una balada romántica, que salían de un bar que tenía por nombre Mayto. Era el único bar con algunos clientes, los demás estaban más vacíos que las discotecas de Madrid un sábado a la 1.00 am. El mar estaba en calma, aunque se movía lo suficiente como para hacerle los coros a la balada con el vaivén de las olas.
Entré en Mayto y le pedí una cerveza a la camarera. Me ofreció varias marcas, todas locales, ninguna conocida. Así que pedí la última que dijo, que fue el único nombre con el que pude quedarme. La camarera era bastante guapa, bueno, digamos que era de piel morena y tenía un sonrisa continua en la cara. Suficiente para mí.
Llevaba ya un rato hablando con ella y la cosa no pintaba mal, había opciones, cuando de repente entró una chica joven al bar. Estaba descalza, con restos de arena en los pies, y un par de tacones en la mano. No había duda de que había venido caminando por la playa, pero resultaba llamativo lo de los tacones, ya que el centro urbano más cercano estaba a 30 kilómetros. Llevaba puestos unos pantalones cortos de mezclilla y un top de encaje blanco. Los pantalones eran del largo perfecto, ni demasiado insinuantes ni demasiado recatados. Provocativos simplemente. Y lo mismo pasaba con el top, no era muy escotado pero dejaba al descubierto toda su espalda.
Se sentó en la barra, a una silla de donde estaba yo, y pidió un daiquiri.
.....
Acabando le propuse dar un paseo por la playa y aceptó. Caminábamos descalzos sobre la arena. Hacía calor, bastante, pero la arena estaba fría. Era un contraste de temperaturas que me encantaba.
Tras caminar un rato, nos encontramos con unas tumbonas de alquiler, pero a esas horas ya no había revisor. Así que nos sentamos en una de ellas. Yo mirando hacia el mar, con los pies a ambos lados de la tumbona; y ella, enfrente mío en postura india. Nos quedamos mirándonos un rato en silencio. No hablábamos, pero nos mirábamos. Y creedme, hay miradas que dicen mucho más que mil palabras.
Me acerqué para besarla, pero con un rápido gesto esquivó mi beso y se empezó a reír. Quería jugar, y me propuso un juego: ver quién aguantaba más sin besar al otro. Acepté, y de inmediato empezó a hacerme toda clase de provocaciones. No tardé mucho en perder. Para ser sincero, perdí todas las veces. Ella me decía que era muy malo. No se daba cuenta de que era un juego al que yo no quería ganar, quería perder. Y cuanto antes perdiera mejor.
.....
Había una duda que me había estado rondando en la cabeza toda la noche, pero no me había atrevido a confesársela porque podía estropearlo todo. Al final me decidí, y sin mayor disimulo le pregunté si ya había visto antes por el bar a la chica de los tacones, qué si sabía de dónde venía. Me contestó que no con recelo. Y por un momento el ambiente se enrareció, pero enseguida intenté enmendarlo anotándome otra derrota en la apnea del beso. Aunque no conseguí dejar de pensar durante toda la noche en aquella chica de los tacones en la mano...
Escritos Variopintos
Textos llenos de sentimiento, historias sin principio ni fin, párrafos abandonados...
jueves, 5 de octubre de 2017
jueves, 7 de septiembre de 2017
Eres
Eres puerto en mitad de la tormenta.
Eres luz en mitad de la penumbra.
Eres oasis en mitad del desierto.
Eres sombra en mitad de agosto.
Eres tregua en mitad de la guerra.
Eres brújula en mitad del mar.
Eres flor en mitad del otoño.
Eres amor en mitad de la vida.
Eres tú en mitad de mi corazón.
Eres luz en mitad de la penumbra.
Eres oasis en mitad del desierto.
Eres sombra en mitad de agosto.
Eres tregua en mitad de la guerra.
Eres brújula en mitad del mar.
Eres flor en mitad del otoño.
Eres amor en mitad de la vida.
Eres tú en mitad de mi corazón.
martes, 22 de agosto de 2017
Falso funeral de un sentimiento
Un sentimiento nunca muere. Podemos intentar ocultarlo, o taparlo con otro sentimiento, pero no borrarlo. Todo sentimiento pasado permanecerá siempre vivo, en mayor o menor medida, pero siempre vivo; y listo para conquistarnos de nuevo. Aunque lo encerremos en el cajón de los sentimientos "peligrosos", siempre habrá alguien que tenga la llave con la que abrir dicho cajón. Y entonces, no podremos evitar que vuelva a espaciarse por todo nuestro ser como una epidemia descontrolada.
domingo, 30 de abril de 2017
Ascensor
Hacía más de un año que no la veía. Así que quedamos por la tarde para tomar algo y ponernos al día. Fuimos a una terraza que estaba en el último piso de un edificio céntrico. Las vistas eran espectaculares, teníamos toda la ciudad a nuestros pies. Y allí estábamos, asomados a la barandilla y a escasos centímetros el uno del otro. Pero sin atrevernos a rozarnos. Cuando antes, hacía poco más de un año, compartíamos cama y confidencias.
Nos sentamos y pedimos. Ella pidió una limonada, yo un café solo.
No podía parar de mirarla. Ella me hablaba pero yo no la escuchaba, solo la miraba. Llevaba el pelo suelto, y el viento parecía encaprichado en acariciarle las mejillas empujando su pelo hacia delante. Pero ella se encargaba de volverlo a colocar cuidadosamente detrás de su oreja. No me cansaba de contemplar aquél ritual. Durante unos minutos no hice otra cosa.
Quería besarla. Quería que todo volviera a ser como antes. Sus labios rojos, tan pintados y provocativos como siempre, me incitaban a saltarme todo protocolo. Pero tenía miedo a cargarme ese momento, a estropearlo todo. Así que me limité a continuar escuchándola y observándola.
Al final me llegó el turno de hablar a mí. Le conté todo lo que había hecho, pero cuidándome siempre de no contarle ese pequeño detalle que había hecho tan diferente aquél último año: lo mucho que la había echado de menos. No iba a ser yo el primero en poner todas sus cartas boca arriba. Ella ya había evitado antes hablar del tema.
Pese a todo, se respiraba cierta tensión sexual en el ambiente. Por las dos partes. Había miradas deseosas. Gestos de impaciencia, de ganas.
Cuando se acabó la limonada, me bebí de un trago el café, al que apenas había dado un sorbo, e intentamos pedir la cuenta. No tuvimos éxito. Parecía que los camareros se habían esfumado a propósito para dejarnos solos. No me quejé, estaba disfrutando de cada minuto a su lado. Ella tampoco se quejó.
Finalmente se nos acercó un camarero y pedimos la cuenta. Mientras esperábamos, y yo meditaba sobre si debía invitarla o si debíamos pagar a medias, ella se humedeció los labios muy provocativamente. Fue solo un segundo. Pero un segundo en el que su lengua recorrió de izquierda a derecha sus chillones labios rojos. Podía ser una señal de deseo. O quizás solo tenía la boca seca. Pero, ¿qué tan seca te puede dejar la boca una limonada?
Nos trajeron la cuenta, y los dos intentamos pagarla. Tras unos segundos de disputa, consensuamos pagarla a medias. Pagamos y nos dirigimos a coger el ascensor para salir a la calle. Mientras esperábamos al ascensor se produjo el típico silencio incómodo. Pero nos quedamos mirándonos y sonriendo el uno al otro. El ascensor llegó y entramos. Cuando pulsé el botón de la planta baja sentí ese cosquilleo que sientes cuando sabes que algo va a pasar. Una sonrisa picaresca se dibujó en mi cara. Las puertas del ascensor se cerraron.
Lo que pasó después en ese ascensor sería difícil de explicar. Pero imaginaos, hacía un año que no nos veíamos...
Nos sentamos y pedimos. Ella pidió una limonada, yo un café solo.
No podía parar de mirarla. Ella me hablaba pero yo no la escuchaba, solo la miraba. Llevaba el pelo suelto, y el viento parecía encaprichado en acariciarle las mejillas empujando su pelo hacia delante. Pero ella se encargaba de volverlo a colocar cuidadosamente detrás de su oreja. No me cansaba de contemplar aquél ritual. Durante unos minutos no hice otra cosa.
Quería besarla. Quería que todo volviera a ser como antes. Sus labios rojos, tan pintados y provocativos como siempre, me incitaban a saltarme todo protocolo. Pero tenía miedo a cargarme ese momento, a estropearlo todo. Así que me limité a continuar escuchándola y observándola.
Al final me llegó el turno de hablar a mí. Le conté todo lo que había hecho, pero cuidándome siempre de no contarle ese pequeño detalle que había hecho tan diferente aquél último año: lo mucho que la había echado de menos. No iba a ser yo el primero en poner todas sus cartas boca arriba. Ella ya había evitado antes hablar del tema.
Pese a todo, se respiraba cierta tensión sexual en el ambiente. Por las dos partes. Había miradas deseosas. Gestos de impaciencia, de ganas.
Cuando se acabó la limonada, me bebí de un trago el café, al que apenas había dado un sorbo, e intentamos pedir la cuenta. No tuvimos éxito. Parecía que los camareros se habían esfumado a propósito para dejarnos solos. No me quejé, estaba disfrutando de cada minuto a su lado. Ella tampoco se quejó.
Finalmente se nos acercó un camarero y pedimos la cuenta. Mientras esperábamos, y yo meditaba sobre si debía invitarla o si debíamos pagar a medias, ella se humedeció los labios muy provocativamente. Fue solo un segundo. Pero un segundo en el que su lengua recorrió de izquierda a derecha sus chillones labios rojos. Podía ser una señal de deseo. O quizás solo tenía la boca seca. Pero, ¿qué tan seca te puede dejar la boca una limonada?
Nos trajeron la cuenta, y los dos intentamos pagarla. Tras unos segundos de disputa, consensuamos pagarla a medias. Pagamos y nos dirigimos a coger el ascensor para salir a la calle. Mientras esperábamos al ascensor se produjo el típico silencio incómodo. Pero nos quedamos mirándonos y sonriendo el uno al otro. El ascensor llegó y entramos. Cuando pulsé el botón de la planta baja sentí ese cosquilleo que sientes cuando sabes que algo va a pasar. Una sonrisa picaresca se dibujó en mi cara. Las puertas del ascensor se cerraron.
Lo que pasó después en ese ascensor sería difícil de explicar. Pero imaginaos, hacía un año que no nos veíamos...
miércoles, 19 de abril de 2017
Andadura
Lágrimas que ahogan los suspiros del llanto
de sueños rotos por los que caminas
con el corazón descalzo.
Y duele,
ver que el mañana se acerca
y el ayer se retrasa en su huida.
Y duele,
el espejismo de tu amor
dibujado en un desierto del que nadie cuida.
Y duele,
quedarse solo con el recuerdo
de tu sonrisa cada vez más diluida.
Pero no te detengas, sigue caminando,
que en el horizonte cualquier herida se cura
y como única cicatriz te quedará la andadura.
martes, 24 de enero de 2017
Arrepentimientos de primera y de segunda
No se tú, pero si yo hago una lista de las cosas que más me duelen a día de hoy, que me revuelven el estómago al pensarlas, que me carcomen por dentro, son todo oportunidades pérdidas.
Mi lista está llena de momentos en los que no tuve el valor de hacer o decir lo que me dictaba mi yo interior, lo que me dictaba el corazón. Pero no aparece ni una sola cosa que me haya arrepentido por haberla hecho o dicho. Y esto no quiere decir que no haya cosas que haya hecho de las que me arrepienta, que las hay y a montones, pero estas cosas están en una categoría inferior.
No tiene comparación el sentimiento de tristeza que me entra al pensar en las primeras con el que siento al pensar en las segundas. Y es que como dijo Luis Aragonés, del segundo nadie se acuerda. El paso del tiempo es el que hace que nos acabemos olvidando del segundo, pero al campeón lo recordaremos siempre.
En nuestro caso pasa lo mismo, puede que por un tiempo nos duelan los errores que hemos cometido, pero con el tiempo los acabaremos olvidando, o como mucho recordando de una manera muy difuminada. Por el contrario, siempre recordaremos con la misma intensidad el dolor de saber que no aprovechamos una oportunidad, que no hicimos lo que nos indicaba el instinto, que ni si quiera lo intentamos. Y tendremos que cargar con ello el resto de los días.
Mi lista está llena de momentos en los que no tuve el valor de hacer o decir lo que me dictaba mi yo interior, lo que me dictaba el corazón. Pero no aparece ni una sola cosa que me haya arrepentido por haberla hecho o dicho. Y esto no quiere decir que no haya cosas que haya hecho de las que me arrepienta, que las hay y a montones, pero estas cosas están en una categoría inferior.
No tiene comparación el sentimiento de tristeza que me entra al pensar en las primeras con el que siento al pensar en las segundas. Y es que como dijo Luis Aragonés, del segundo nadie se acuerda. El paso del tiempo es el que hace que nos acabemos olvidando del segundo, pero al campeón lo recordaremos siempre.
En nuestro caso pasa lo mismo, puede que por un tiempo nos duelan los errores que hemos cometido, pero con el tiempo los acabaremos olvidando, o como mucho recordando de una manera muy difuminada. Por el contrario, siempre recordaremos con la misma intensidad el dolor de saber que no aprovechamos una oportunidad, que no hicimos lo que nos indicaba el instinto, que ni si quiera lo intentamos. Y tendremos que cargar con ello el resto de los días.
sábado, 14 de enero de 2017
F@llamos
Follamos y fallamos.
La verdad, no se por qué te dije de venir a casa, y tampoco entiendo por qué aceptaste. Apenas nos conocíamos. No nos dimos tiempo ni para gustarnos. Y vale, sí, hubo placer, pero placer de orgasmo a palo seco. Placer sin caricias, sin miradas, sin palabras, sin sentimientos. Placer sin amor. Y eso, querida, nunca puede acabar bien.
Repito, follamos, sí, pero fallamos.
La verdad, no se por qué te dije de venir a casa, y tampoco entiendo por qué aceptaste. Apenas nos conocíamos. No nos dimos tiempo ni para gustarnos. Y vale, sí, hubo placer, pero placer de orgasmo a palo seco. Placer sin caricias, sin miradas, sin palabras, sin sentimientos. Placer sin amor. Y eso, querida, nunca puede acabar bien.
Repito, follamos, sí, pero fallamos.
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