Hacía más de un año que no la veía. Así que quedamos por la tarde para tomar algo y ponernos al día. Fuimos a una terraza que estaba en el último piso de un edificio céntrico. Las vistas eran espectaculares, teníamos toda la ciudad a nuestros pies. Y allí estábamos, asomados a la barandilla y a escasos centímetros el uno del otro. Pero sin atrevernos a rozarnos. Cuando antes, hacía poco más de un año, compartíamos cama y confidencias.
Nos sentamos y pedimos. Ella pidió una limonada, yo un café solo.
No podía parar de mirarla. Ella me hablaba pero yo no la escuchaba, solo la miraba. Llevaba el pelo suelto, y el viento parecía encaprichado en acariciarle las mejillas empujando su pelo hacia delante. Pero ella se encargaba de volverlo a colocar cuidadosamente detrás de su oreja. No me cansaba de contemplar aquél ritual. Durante unos minutos no hice otra cosa.
Quería besarla. Quería que todo volviera a ser como antes. Sus labios rojos, tan pintados y provocativos como siempre, me incitaban a saltarme todo protocolo. Pero tenía miedo a cargarme ese momento, a estropearlo todo. Así que me limité a continuar escuchándola y observándola.
Al final me llegó el turno de hablar a mí. Le conté todo lo que había hecho, pero cuidándome siempre de no contarle ese pequeño detalle que había hecho tan diferente aquél último año: lo mucho que la había echado de menos. No iba a ser yo el primero en poner todas sus cartas boca arriba. Ella ya había evitado antes hablar del tema.
Pese a todo, se respiraba cierta tensión sexual en el ambiente. Por las dos partes. Había miradas deseosas. Gestos de impaciencia, de ganas.
Cuando se acabó la limonada, me bebí de un trago el café, al que apenas había dado un sorbo, e intentamos pedir la cuenta. No tuvimos éxito. Parecía que los camareros se habían esfumado a propósito para dejarnos solos. No me quejé, estaba disfrutando de cada minuto a su lado. Ella tampoco se quejó.
Finalmente se nos acercó un camarero y pedimos la cuenta. Mientras esperábamos, y yo meditaba sobre si debía invitarla o si debíamos pagar a medias, ella se humedeció los labios muy provocativamente. Fue solo un segundo. Pero un segundo en el que su lengua recorrió de izquierda a derecha sus chillones labios rojos. Podía ser una señal de deseo. O quizás solo tenía la boca seca. Pero, ¿qué tan seca te puede dejar la boca una limonada?
Nos trajeron la cuenta, y los dos intentamos pagarla. Tras unos segundos de disputa, consensuamos pagarla a medias. Pagamos y nos dirigimos a coger el ascensor para salir a la calle. Mientras esperábamos al ascensor se produjo el típico silencio incómodo. Pero nos quedamos mirándonos y sonriendo el uno al otro. El ascensor llegó y entramos. Cuando pulsé el botón de la planta baja sentí ese cosquilleo que sientes cuando sabes que algo va a pasar. Una sonrisa picaresca se dibujó en mi cara. Las puertas del ascensor se cerraron.
Lo que pasó después en ese ascensor sería difícil de explicar. Pero imaginaos, hacía un año que no nos veíamos...
Textos llenos de sentimiento, historias sin principio ni fin, párrafos abandonados...
domingo, 30 de abril de 2017
miércoles, 19 de abril de 2017
Andadura
Lágrimas que ahogan los suspiros del llanto
de sueños rotos por los que caminas
con el corazón descalzo.
Y duele,
ver que el mañana se acerca
y el ayer se retrasa en su huida.
Y duele,
el espejismo de tu amor
dibujado en un desierto del que nadie cuida.
Y duele,
quedarse solo con el recuerdo
de tu sonrisa cada vez más diluida.
Pero no te detengas, sigue caminando,
que en el horizonte cualquier herida se cura
y como única cicatriz te quedará la andadura.
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