domingo, 21 de febrero de 2016

El incoherente ciclo de la vida

Los tiempos de la vida están mal pensados, no son coherentes con la propia naturaleza del ser humano. Vamos a contracorriente.

Cuando se es joven, uno quiere comerse el mundo, conocer nuevos lugares, probar nuevas experiencias, etc., y tiene las fuerzas, el ánimo, y la ilusión necesarias para ello, pero le hace falta el dinero. Por el contrario, cuando se es anciano muy probablemente hayamos ahorrado el dinero necesario para: hacer todos esos viajes con los que de joven soñábamos, probar ese deporte de riesgo que siempre nos llamó la atención, invitar un finde a tus amigos a esa casa de ensueño, etc. Pero lo que probablemente ya no tendremos, serán las fuerzas y la ilusión necesarias para llevar a cabo todos esos sueños.

Por otro lado, cuando se es joven hay que tomar muchas de las decisiones más importantes de la vida, decisiones que marcarán el rumbo de nuestras vidas. Decisiones como: elegir con quién casarse, o si no casarse, que carrera estudiar, en qué lugar vivir, comprar o alquilar una casa, etc. Pero en esa etapa de la vida, apenas tenemos la experiencia necesaria para saber que elección nos conviene más. Sin embargo, a medida que vamos envejeciendo, el conocimiento adquirido a través de las experiencias vividas se va acumulando, pero las decisiones importantes que tenemos que tomar son mínimas, ya no va a haber casi ninguna decisión que pueda cambiar drásticamente el destino de nuestras vidas.

En fin, incoherencias del ciclo de la vida.

viernes, 19 de febrero de 2016

Vuela

Disfruto cada recuerdo de la vida junto a ti, pero ahora vuela libre, despliega tus alas y vuela! Yo siempre estaré ahí, viéndote volar en la distancia, pero disfrutando con cada uno de tus vuelos y sueños cumplidos.

jueves, 18 de febrero de 2016

Tocado y hundido

La herida es honda. Y no es que me duela tanto por ser una herida, sino es el ver que existe la posibilidad de que nunca se cierre, y que a medida que pasan los días lo vea más y más probable.

Uno intenta aguantar, y encajar de buena manera cada golpe, pero ya han sido demasiados, son demasiados. Cada golpe es una nueva cuesta abajo, al principio te recuperabas poco a poco, y volvías a subir con la esperanza de, esta vez sí, alcanzar la cima. Pero con cada golpe te va costando más y más recuperarte, cada vez se ve más lejos e inalcanzable la cima. Hasta que llega un momento en el que tiras la toalla, y piensas que ya no merece la pena subir, ¿para qué? ¿para recibir otro golpe?, mejor quedarse abajo directamente, que aunque no haya sol por lo menos te ahorras el esfuerzo de subir y la caída.

Lo peor son los golpes que te llevas cuando ya has visto la cima, cuando ya has notado en tu pelo la brisa del otro lado de la montaña, y entonces ¡zas! vuelta al inicio. Pero ahí no queda la cosa, ya que hay algunos golpes que pueden tener explicación, y son más fáciles de encajar, aunque eso sí, duelen igual; pero luego hay golpes que no tienen explicación alguna, son totalmente inesperados y sin sentido aparente, y éstos, sobre todo éstos, son los que más duelen.

Y creedme, yo era de los que más confiaba, siempre pensaba que era culpa de no haber subido por el camino correcto o qué simplemente no era la cima que estaba destinado a coronar. Pero ya no, ya no confío. La esperanza, que no el deseo, de alcanzar la cima se esfumó. Y ese es el problema, que el deseo sigue latente, el corazón te dice una cosa pero la razón te dice otra. ¿A quién le haces caso? ¿Qué eliges? Y es que una vez elijas ya no puedes volver atrás, por eso cuesta tanto elegir, porque tu decisión se va a transformar inmediatamente en un acierto o en un fallo. Mientras que si no elijes, todo sigue siendo posible.

martes, 2 de febrero de 2016

Ni un triste adiós

Rabia, rabia y tristeza, es lo que siento por haberte ido sin decirme el porqué. Por haberte querido con toda el alma, y sólo haber recibido a cambio las migajas de tu amor. No es justo que te haya querido dándolo todo, y que me dejaras sin decir adiós si quiera.

Pero puede que la culpa fuera mía, por entregarte todo sin esperar nada a cambio, por quererte en lo más profundo tras acabar de conocerte, por poner tus labios en la categoría de vicio, por mirarte a los ojos como no miré a nadie, por tratarte mejor de lo que quizás merecías; en fin, por entregarme por completo a ti, sin apenas haberte conocido. Pero con lo poquito que vi de ti me bastó. Así que ¿por qué pedirte más?, si de momento no era necesario.