Los tiempos de la vida están mal pensados, no son coherentes
con la propia naturaleza del ser humano. Vamos a contracorriente.
Cuando se es joven, uno quiere comerse el mundo, conocer
nuevos lugares, probar nuevas experiencias, etc., y tiene las fuerzas, el
ánimo, y la ilusión necesarias para ello, pero le hace falta el dinero. Por el
contrario, cuando se es anciano muy probablemente hayamos ahorrado el dinero
necesario para: hacer todos esos viajes con los que de joven soñábamos, probar
ese deporte de riesgo que siempre nos llamó la atención, invitar un finde a tus
amigos a esa casa de ensueño, etc. Pero lo que probablemente ya no tendremos,
serán las fuerzas y la ilusión necesarias para llevar a cabo todos esos sueños.
Por otro lado, cuando se es joven hay que tomar muchas de
las decisiones más importantes de la vida, decisiones que marcarán el rumbo de
nuestras vidas. Decisiones como: elegir con quién casarse, o si no casarse, que
carrera estudiar, en qué lugar vivir, comprar o alquilar una casa, etc. Pero en
esa etapa de la vida, apenas tenemos la experiencia necesaria para saber que
elección nos conviene más. Sin embargo, a medida que vamos envejeciendo, el
conocimiento adquirido a través de las experiencias vividas se va acumulando,
pero las decisiones importantes que tenemos que tomar son mínimas, ya no va a
haber casi ninguna decisión que pueda cambiar drásticamente el destino de
nuestras vidas.
En fin, incoherencias del ciclo de la vida.
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