La herida es honda. Y no es que me duela tanto por ser una
herida, sino es el ver que existe la posibilidad de que nunca se cierre, y
que a medida que pasan los días lo vea más y más probable.
Uno intenta aguantar, y encajar de buena manera cada golpe,
pero ya han sido demasiados, son demasiados. Cada golpe es una nueva cuesta
abajo, al principio te recuperabas poco a poco, y volvías a subir con la
esperanza de, esta vez sí, alcanzar la cima. Pero con cada golpe te va costando
más y más recuperarte, cada vez se ve más lejos e inalcanzable la cima. Hasta
que llega un momento en el que tiras la toalla, y piensas que ya no merece la
pena subir, ¿para qué? ¿para recibir otro golpe?, mejor quedarse abajo
directamente, que aunque no haya sol por lo menos te ahorras el esfuerzo de
subir y la caída.
Lo peor son los golpes que te llevas cuando ya has visto la
cima, cuando ya has notado en tu pelo la brisa del otro lado de la montaña, y entonces
¡zas! vuelta al inicio. Pero ahí no queda la cosa, ya que hay algunos golpes que
pueden tener explicación, y son más fáciles de encajar, aunque eso sí, duelen
igual; pero luego hay golpes que no tienen explicación alguna, son totalmente
inesperados y sin sentido aparente, y éstos, sobre todo éstos, son los que más duelen.
Y creedme, yo era de los que más confiaba, siempre pensaba
que era culpa de no haber subido por el camino correcto o qué simplemente no
era la cima que estaba destinado a coronar. Pero ya no, ya no confío. La
esperanza, que no el deseo, de alcanzar la cima se esfumó. Y ese es el
problema, que el deseo sigue latente, el corazón te dice una cosa pero la razón
te dice otra. ¿A quién le haces caso? ¿Qué eliges? Y es que una vez elijas ya no
puedes volver atrás, por eso cuesta tanto elegir, porque tu decisión se va a
transformar inmediatamente en un acierto o en un fallo. Mientras que si no
elijes, todo sigue siendo posible.
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