jueves, 18 de febrero de 2016

Tocado y hundido

La herida es honda. Y no es que me duela tanto por ser una herida, sino es el ver que existe la posibilidad de que nunca se cierre, y que a medida que pasan los días lo vea más y más probable.

Uno intenta aguantar, y encajar de buena manera cada golpe, pero ya han sido demasiados, son demasiados. Cada golpe es una nueva cuesta abajo, al principio te recuperabas poco a poco, y volvías a subir con la esperanza de, esta vez sí, alcanzar la cima. Pero con cada golpe te va costando más y más recuperarte, cada vez se ve más lejos e inalcanzable la cima. Hasta que llega un momento en el que tiras la toalla, y piensas que ya no merece la pena subir, ¿para qué? ¿para recibir otro golpe?, mejor quedarse abajo directamente, que aunque no haya sol por lo menos te ahorras el esfuerzo de subir y la caída.

Lo peor son los golpes que te llevas cuando ya has visto la cima, cuando ya has notado en tu pelo la brisa del otro lado de la montaña, y entonces ¡zas! vuelta al inicio. Pero ahí no queda la cosa, ya que hay algunos golpes que pueden tener explicación, y son más fáciles de encajar, aunque eso sí, duelen igual; pero luego hay golpes que no tienen explicación alguna, son totalmente inesperados y sin sentido aparente, y éstos, sobre todo éstos, son los que más duelen.

Y creedme, yo era de los que más confiaba, siempre pensaba que era culpa de no haber subido por el camino correcto o qué simplemente no era la cima que estaba destinado a coronar. Pero ya no, ya no confío. La esperanza, que no el deseo, de alcanzar la cima se esfumó. Y ese es el problema, que el deseo sigue latente, el corazón te dice una cosa pero la razón te dice otra. ¿A quién le haces caso? ¿Qué eliges? Y es que una vez elijas ya no puedes volver atrás, por eso cuesta tanto elegir, porque tu decisión se va a transformar inmediatamente en un acierto o en un fallo. Mientras que si no elijes, todo sigue siendo posible.

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