Era febrero, casi marzo, hacía frío y Rolan tenía una
historia que contar, con la noche como público empezó su historia:
Un joven atormentado por su futuro pensaba en voz alta: ¿Qué
sería de mi sin ella? Ella, luciérnaga en las noches de invierno, y sombra en
los días de verano. Ella, sinceridad amarga y tonta, en la que inútilmente
creemos.
Tenía la rutina por condena, ni siquiera vislumbraba la
sombra de la alegría, ni una simple silueta de amor en su ventana. ¡Pobre chico
atormentado! Toda una vida repleta de desgracias, desilusiones y falsas esperanzas.
Suspendido de un hilillo o colgando de una rama fina y débil, así pasaba los
días. Se preguntaba y buscaba el porqué de dichas desventuras, pero lo único que encontraba por respuesta era un
simple ella. Ella, flor mojada de pétalos grandes y continuamente abiertos,
había irrumpido en su vida como una lágrima cayendo por la mejilla: despacio,
dejando rastro, suave, parándose sin previo aviso, y pasando por todos los
recovecos.
Pero la vida, su vida, continúo como de costumbre.
Hasta que un día, vapuleado por sus sueños más profundos, se
decidió a conocerla. Se reactivaron sus venas, y fluyó de nuevo la sangre,
hacía mucho tiempo que no sentía nada igual.
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