Tenía los ojos azules, pero no era rubia como las demás. Y fue por eso que me fije en ella. Porque no era como el resto, era diferente. Y no solo por su color de pelo, sino también, y sobre todo, por su sonrisa. Era una sonrisa que cautivaba por sí sola. Una sonrisa que competiría de tú a tú con la melodía del flautista de Hamelín. Pero no era la típica sonrisa pícara de actriz de Hollywood, no, no. Era diferente, repito. Era una sonrisa traviesa, de niña, pero a la vez una sonrisa madura, de mujer adulta. Era una sonrisa efímera, pero suficientemente larga como para darte tiempo a enamorarte de ella.
Pero era una sonrisa con truco, una sonrisa con forma de puzle, que te decía: "solo me falta una pieza, y puede que esa pieza seas tú". Vale, quizás no lo decía, pero digamos que lo insinuaba. O quizás simplemente fueran imaginaciones mías, no lo sé. Fuera como fuera, eso fue lo que yo entendí. Así que decidí decirle algo, y por un instante me paré a pensar en que decirle. El instante se convirtió en momento, y el momento en rato. Lo acabé pensando mucho, demasiado. De hecho, lo pensé tanto que al final me olvidé de lo más importante: decírselo.
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